Ilustrar a alguien encierra algo profundamente íntimo: no es un mero proceso mecánico, sino un diálogo silencioso en el que intentamos plasmar la historia del otro a través de un puñado de líneas sobre el lienzo. El dibujo, por tanto, no se limita a capturar la anatomía, la firmeza de los hombros o los surcos marcados por el tiempo en el rostro; se trata, en esencia, de trazar la arquitectura completa de su vida.

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